A continuación los primeros párrafos:
El maltrecho cuerpo del hombrecillo se
zarandea al liberarse del espanto que por horas se le había acurrucado en su pecho. Logró sentarse a la orilla de uno de los dos
bloques de espuma polimérica que componían su cama. Contemplar que aún traía puesta su arrugada
ropa de calle disminuyó la contrariedad que le causaba tener que ponerse los
zapatos. Se incorporó dejándose las
agujetas sueltas. La lengua rasposa y
reseca lo obligó a moverse hacia el grifo del agua. Avienta de regreso contra el trastero el mug
cuya leyenda reza: ‘No beberás el agua pública, jamás’. Tiene mucha sed. Da dos pasos hacia la
puerta, la abre sin saber si vencerá la angustia que lo corroe.
Llueve.
Como todas las tardes, llueve. Toma su
rompevientos de atrás de la puerta. El hombrecillo baja con cuidado el único
escalón. Refunfuña más hoy que nunca por la altura excesiva. Da dos vueltas a la cerradura sin
aceitar. El empedrado de la vecindad está
mojado pero no anegado. Abre el pesado portón de la manera convenida con los
vecinos.
El
hombrecillo voltea hacia la tienda de abarrotes. Está cerrada. Confuso, no sabe si debía estar abierta. Siente la angustia en la boca del estómago. Se le junta con la angustia del duermevela
reciente. No sabe dónde comprará agua
embotellada. Por no dejar, el
hombrecillo mira más allá del estanquillo buscando el expendio de pan. Está cerrado.
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